Exposición personal de Alexis Miguel Pantoja Pérez

 Por: Liannys Lisset Peña Rodríguez 

 

“Una pintura requiere un poco de misterio, algunas impresiciones y fantasía”

Edgar Degas

“Tentaciones del movimiento” es una serie de propuestas pictóricas en las que a partir de la temática del ballet, y tomando como ícono a la bailarina, el artista Alexis Pantoja  propone tender un puente que a través de la poesía, implícita en sus escenas, conecte la realidad con el sueño maravilloso; pues según David Linch no hay nada mejor para la creación de una obra de arte que “la lógica de los sueños”, esas historias que obligan a soñar despierto, a buscar el misterioso ardid que justifique el gesto cromático, a plasmar la huella como hacedor de mundos paralelos o donde convivan sin rivalizar realidad y ficción. 

Con un carácter testimonial el artista formaliza con el ballet un leit motive. La bailarina se convierte en el eje a través del que se articulan sus intenciones, plasmadas en el lienzo, como un relato en el que sus experiencias de (ir)realidad puedan coexistir con atrevidas fórmulas de representación de su pensamiento, proponiendo un lenguaje unívoco de expresión ante la barahunda de discursos y visualidades típicas  de la  producción pictórica contemporánea.

La bailarina es plasmada en una zona poco común en el imaginario, fuera de la habitual estética de su representación, mayormente dentro de un desenvolvimiento escénico formal. Su físico se aleja de ese prototipo estilizado para criollizarla. La transparencia de sus trajes invita de forma intencionada a apreciar la  voluptuosidad de sus formas, que devuelven un sutil erotismo, enfatizado con el realce de rasgos faciales, gestos al descuido, o un simple toque de color en sus mejillas.

Una potencial dualidad se establece entre figura-fondo, es un elemento trabajado con sumo cuidado, teniendo en cuenta que es un potenciador de ingentes lecturas; además, el resultado de estas asociaciones advierten escenas atrevidas, en las que la protagonista es despojada de toda la parafernalia escénica y explora esa humanidad, que le permite escapar de sus propios personajes, de su existencia fictícia tras estudiados movimentos; buscando a través de esas atmósferas surreales crear cierta intimidad personaje –espectador, como un tipo de cotidianidad que pretende devolverle esa humanidad perdida en ese proceso de  estigmatización como canon de talento y sacrificio.

Con el objeto de la perpetuidad, el artista crea y así le concede materialidad a sus pensamientos, que pueden escapar en la memoria cotidiana, permeada de sustos y veloces digestiones cognitivas, como “obras pintadas con el afán de evacuar intenciones”(1); bajo esta condición Alexis Pantoja ha hecho de la contemporaneidad, lógicamente su espacio y tiempo aprovechable; este ha potenciado los plurilenguajes, que aseguran en sus productos artísticos la convergencia entre lo subliminal e imaginal; aunque constantemente se sienta encasillado en corrientes estilísticas que para los más radicales transitan fuera del “canon posmoderno”. Es un proceso de autoformulación de cuestiones sobre la efectividad, la permanencia de su discurso e imaginario dentro de la estética actual. ¿Cómo producir imágenes que se proyecten dentro de una visualidad  contemporánea, a partir del empleo de recursos propios de la tradición? ¿el regodeo visual, la impronta y frescura sobre las que descansa la gestualidad cromática, la sugerencia a través de lo técnico, se comportan como limitaciones que pueden comprometer segundas y terceras lecturas?, son algunas de las interrogantes que hacen que este artista se reinvente constantemente, sin caer en la vulgarización o la chapuza. 

Lejos del universo de los guajiros, los centauros, u otros personajes de su galería, la bailarina es el enlace que establece entre la planimetría y sus tribulaciones; es esa necesidad de contar anécdotas, historias, establecer sus criterios y sondear al (los) espectador(es) pues al final ¿no es el ejercicio artístico una vía para la búsqueda intencionada de esa comunicación extraverbal? 

Rasgo que cada vez más acentúa una economía de recursos visuales en esta casi tercera década, contraria a sus formulaciones neobarrocas de principios del siglo, donde la persistencia de un horror vacui le confería cierta compactación y asfixia a las escenas, no solo a nivel de alegorías traducidas a partir de objetos, sino además, en el tratamiento cromático. Este “abigarramiento de figuras desplegadas con habilidad entre los intersticios del espacio”(2), a decir de David Mateo cede protagonismo a una composición mesurada con predominancia de espacios abiertos, donde la paleta cromática continúa barroquizando las atmósferas, creando grandes zonas de color, abstracciones como estructura de sus figuraciones. Resulta característico el empleo atrevido de la mancha, cual tránsito hacia una óptica más sofisticada de contemplación de la esencia de las personas y las cosas, tal cual “velazquista” de pasado siglo. La proliferación de elementos (grandes cortinajes, navíos, torsos (semi)desnudos, gallos) viene a ser ocupado por la gestualidad del color, que define los volúmenes, conforma a las figuras, levemente planteadas a nivel de dibujo, como fase previa para delimitar áreas y diseñar la estructura compositiva.

 El recurso de la ambigüedad, la ironía, el sarcasmo, lo absurdo  viene a estar sustentado por objetos de amplio valor semiótico, cuyas potencialidades complejizan su significado, creando innumerables contextos intelectivos dentro de una misma obra;  tal es el caso del mar, recurso ambivalente que ha resultando esencial para configurar el imaginario del artista, por varias cuestiones; la primera: su salinidad la lleva en la epidermis, piel de pintor  nacido frente al mar, pero un mar de isla, no de continente; segundo: es un elemento indispensable en la formación del cubano como ciudadano insular por casi más de 5 siglos; tercero: se convierte en una poderosa zona de experimentación cromática, dada su versatilidad como  masa dinámica generadora de efectos ópticos. El mar como espacio donde todo fluye, comunica, “donde todo comienza”.

La serenidad de las escenas marinas trae a ratos visos de melancolía y soledad. No una soledad hopperiana de deshumanización y abandono, sino más bien un espacio de meditación,  recogimiento espiritual, de salvaguarda de esa intimidad que a veces resulta extraña en este siglo de las redes, los intercambios planetarios y la eterna compañía. La bailarina medida siempre por la soledad, descansa, medita, sueña, inmutable al viento y al oleaje, propios de esas atmósferas marinas en las que generalmente confluye. 

El mar, la soledad, los veleros, nidos, grandes ventanales funcionan como ardides que proporcionan la efectividad narrativa que busca el creador en sus imágenes; un juego de intenciones que hacen del discurso de Pantoja una vía de las más prudentes, para hacer del ejercicio pictórico tradicional, un mecanismo de representación válida a tono con los lenguajes internacionales. 

Con “Tentaciones del movimento” Alexis Pantoja no pretende ser más que un pintor o una isla en si mismo, que no teme a los naufragios y que opta por la soledad, en su ciudad sin ríos, ni mares, cerrada por las fauces del urbanismo. Trazando a través del sueño, sus influjos  surrealistas, pero desde la lírica, la poesía, el mito y la ficción, no desde lo onírico que todo deforma y confunde. En sus obras, de materialidad y subjetividades poderosas, traza un línea imaginaria a través de algún elemento, puede que desapercibido para el espectador, pero para el creador es el radio a partir del cual se une el centro a cualquier punto. 

¿Cómo hacer pintura en estos tiempos y no sucumbir en el intento? Es una interrogante que no se dezlinda del modus creativo de Pantoja. En sus piezas  propone hablar de la pintura como lo que es, no distendida en artificios tecnológicos o alternativas de salvamento, ante la constante sensación posmoderna, en sus dos vertientes: caducidad o hiper efectismo visual; pretende entenderla desde sus virtudes tradicionales, si se puede abarcar con este término toda su historia  hasta nuestros días; invita a pensar sobre si misma, su sentido, ya sea como el aludido sismograma o caleidoscopio de significados. Pintura como reflexión, acción, como actitud que obligue al artista, como decía David Barro(3), a repensarse su lugar; preguntarse no solo el por qué seguir pintando, sino para qué y como seguir haciéndolo. 

 

 Notas: 

1.- Leonardo Padura Fuentes: “Un hombre en una isla” en Un Hombre en una isla, Ediciones Sed de Belleza, Cuba. 2013.

2.-   David Mateo: “El extrañamiento como revelación”, en “Palabras en acecho”, Ediciones Almargen, Editorial Cauce, Cuba. 2005

3.-  Barro, David. “Un puñado de razones de por qué la pintura no se secó”.